Hijos de la Luna
#Muestras

Hijos de la Luna

Desde el 21.05 | 18 h | Sala J

Eduardo Molinari / Archivo Caminante

Curaduría: Javier Villa

A cincuenta años del último Golpe de Estado en la Argentina, Hijos de la Luna, de Eduardo Molinari (Buenos Aires, 1961), pone el foco en aquellas juventudes de los años setenta que optaron por no encajar. La aparente disyuntiva entre rock y guerrilla —frecuentemente simplificada entre la fuga o el compromiso— se revela aquí como un falso antagonismo. El rock no fue únicamente un refugio hedonista ni la guerrilla pura máquina ideológica. Ambos compartieron una misma matriz de intensidad: la búsqueda de formas de desobediencia que disputaban los modos de vida disponibles. Si la militancia revolucionaria proponía una toma del poder, el rock ensayaba una toma del cuerpo y la sensibilidad. Mientras que el universo contracultural circuló como flujo de electricidad y fuerza poética, el imaginario revolucionario tuvo a la sangre como flujo-savia dando dinamismo a su fuerza: la acción. Entre descargas eléctricas y pulsaciones sanguíneas, la exposición compone una suerte de sistema nervioso de época.

El punto de partida son los bombardeos a Plaza de Mayo de 1955, donde se despliega una escena inaugural de violencia militar desde el cielo, que produce una primera herida para la sensibilidad juvenil de las siguientes décadas. El punto de llegada es la recuperación democrática, luego de atravesar el período más oscuro del Proceso de Reorganización Nacional, donde la imagen de los aviones retorna con los “Vuelos de la muerte”, una tecnología de aniquilación que invierte la promesa del vuelo existencial en desaparición y exterminio. Bajo ese cielo como campo de batalla, los astros organizan parte del imaginario de la exposición: la estrella roja de la guerrilla como horizonte de orientación y combate; el sol y la luna, omnipresentes en las líricas y gráficas del rock como emblemas de expansión de conciencia, deriva nocturna y deseo de fuga. En Molinari, las imágenes astrales no funcionan como meros símbolos generacionales, sino como cuerpos de atracción que todavía irradian hacia un pasado profundo, al mismo tiempo que sobrevuelan nuestro presente y vislumbran indicios del porvenir.

Los materiales reunidos e intervenidos por el artista -tanto de las revistas Pelo como de la gráfica clandestina- funcionan como documentos poéticos expandidos: superficies donde historia, símbolo, memoria y transmisión se entrelazan. En ese sentido, el archivo se aproxima menos a la lógica moderna del documento clasificatorio que a la estructura del códice precolombino. La figura del tlacuilo, el dibujante-escriba encargado de producir y transmitir esos mundos visuales, aparece como una referencia decisiva: alguien que entiende los actos de recordar y narrar como una práctica colectiva de interpretación y de circulación de energías. Como en los códices, las imágenes de esta exposición no ofrecen un significado unívoco. Lejos de una práctica archivística binaria y nostálgica, algunas parecen inmediatamente reconocibles, otras permanecen parcialmente encriptadas o desplazadas. En esa dimensión ritual de la lectura —donde mirar también implica decodificar y volver a narrar— el espectador es convocado como intérprete.

En este sentido, la exposición dialoga también con los planteos de Aby Warburg, donde las imágenes transportan fuerzas que sobreviven a lo largo del tiempo y reaparecen bajo nuevas formas. Símbolos, y gestos que migran entre épocas, persistiendo como corrientes subterráneas de la cultura. Las estrellas, los soles, las lunas, las tipografías del rock, las consignas clandestinas: todo parece formar parte de una misma circulación de intensidades que se resisten a desaparecer. Allí, donde la historia oficial suele separar mundos —la contracultura y la militancia, la poesía y la acción—, Hijos de la Luna detecta zonas de contagio, pasajes secretos y reverberaciones para plantearnos una simple pregunta: ¿Hacia dónde se desplazaron hoy aquellos flujos y fuerzas que buscaron no encajar y romper los límites de lo posible? 

Sobre el artista

Eduardo Molinari (Buenos Aires, 1961) es artista visual, Licenciado en Artes Visuales y Docente Investigador en el Departamento de Artes Visuales de la Universidad Nacional de las Artes (UNA) en Buenos Aires.

El caminar como práctica estética, la investigación con métodos y herramientas artísticas y el accionar colaborativo trans(in)disciplinario están en el centro de su labor.  En 2001 crea el Archivo Caminante, archivo visual en progreso que indaga las relaciones entre arte, historia y territorio, creando documentos poéticos expandidos, capaces de intervenir tanto en instituciones culturales como en contextos comunitarios, urbanos o naturales.

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